- “¿Qué piensan los mortales del amor?” – dijo ella, rompiendo el silencio.
Se encontraban en su cama de seda y roble. La oscuridad completa sugería que era apenas medianoche en la Isla Bendita. Mechones de cabello verde oscuro cubrían parte de su cara, haciendo llegar hasta él el olor a rosas que siempre la acompañaba. No podía observarle la cara, que se encontraba reposando en su pecho, escuchando los latidos de su corazón, pero casi podía ver la expresión de culpa que le cruzaba el rostro, siempre que terminaba la pasión de una noche junto a él.
- “¿Qué quieres decir? El amor es… amor, no sabría explicarlo. Un sentimiento que suele dominar toda tu vida y elimina tus demás deseos. Es lo que lleva a los hombres a morir por sus amantes, lo que empuja a los soldados a luchar por su patria… lo que hace que un pobre soldado mortal arriesgue todo para estar con su comandante…”
La triste sonrisa de su amante se perdió en la oscuridad. Al levantarse de encima de él, su cabello acaricio el desnudo torso del soldado, dejando tras de si el olor a rosas. A pesar de la oscuridad, este pudo ver la silueta de su amante. Una diosa cubierta en sabanas de seda, pensó. Pudo observar la curva de su espalda, el perfil de su pecho, su cabello largo y verde, y sus ojos color de jade cubiertos en lágrimas silenciosas.
- “¿Sabes lo que la dinastía sostiene acerca del amor?” Dijo, sonriendo con pocas ganas. “Una enfermedad mental. Es una locura que hace que los elegidos del dragón cometan errores ineptos. Es solo ligeramente tolerado entre los vástagos.”
Se limpió una lágrima de su ojo derecho con la sábana de seda.
- “Pero eso es entre vástagos. Que una elegida del dragón ame a un simple mortal, ni siquiera de una casa dinasta, raya en la herejía. Es la peor de las locuras.” Dijo, cada vez bajando mas el tono de su voz, repitiendo sus ultimas palabras en apenas unos susurros. “Loca… Loca…”
Hu, pues ese era el nombre del soldado, se acomoda junto a ella. Sus cuerpos presentan diferencias casi totales mientras se sostienen el uno al otro, ambos ligeramente cubiertos de sudor. Ella parece delicada como una flor, el duro como el acero. Ella posee una belleza única, él porta el corte y físico de un soldado. Sus manos rodean su cintura en la oscuridad. Unas manos duras, acostumbradas a sostener una lanza, rozando la suave piel que se confunde con la seda que les rodea.
- “¿Cómo pueden unos monjes entender algo de amor?” Le susurra al oído, terminando su frase con un beso en su cuello, y deteniéndose para que el olor de su cabello llene por completo su pecho.
Se levanta en silencio, dejándola en sus pensamientos. Es tarde, y nadie debe saber donde se encontraba, y sobre todo, que estaba haciendo. Poco le importaba su destino de ser descubiertas sus acciones, a pesar de tener un puesto de honor para un mortal. Pero si algo le pasaba a Ina debido a una única noche junto a él…
Se alejó de la cama mientras arreglaba su túnica, y dirigió sus pasos hacia la ventana. Era un experto en infiltrarse en territorio enemigo. Fue, durante varios de sus primeros años en las legiones, uno de los mejores espías mortales. Podría salir por la puerta y pasar por enfrente de los guardias sin causar la menor sospecha, y aún así, un mínimo riesgo era aún demasiado. La ventana es más segura.
Intentó no mirarla. Su cuerpo es el de un guerrero, acostumbrado al castigo, pero su corazón jamás podría acostumbrarse a la visión que irremediablemente se volteó a observar. Allí se encontraba la mujer más hermosa que vería en su vida, aquella que plagaba todos sus sueños. Una mujer que había amado en varías, tan fugaces ocasiones, pero a la que nunca podría realmente amar. La mujer que le había impulsado a seguir avanzando en las Legiones Imperiales, solo para estar siempre bajo su mando, y eventualmente, encargado de su protección.
Sus ojos se cruzaron, y la despedida no hizo falta.
El salto fue certero, pues no podía ser de otra forma. Cayó entre hojas húmedas y rodó perfectamente para amortiguar aún más la leve caída. Se irguió lentamente, estudiando sus alrededores, y quedando satisfecho con la carencia total de ojos delatores.
O al menos, eso creía.
-“Allí va de nuevo, pobre diablo”
Dijo el hombre, cubierto en túnicas azules, pozado en la punta más alta de las torres que rodeaban el patio de la casa Aurith Cathak, patio en el cual una figura casi invisible, cubierta en una túnica de soldado, cruzaba hacia las barracas en veloz y sigilosa carrera. Nadie podría verlo a semejante distancia, pero este hombre si. Y solo aquellos como él podría detectar el sutil aroma a rosas que emanaba de la piel de la figura invisible, aún desde tan lejos.
Su capa se debatió violentamente en el aire. Nadie había cerca para presenciar tal espectáculo, y era una lastima, pues la túnica estaba hecha no de de seda e hilos, si no de cielo y estrellas.
-“A mi me parece curioso. ¡Hasta romántico!” Dijo la joven que había aparecido de la nada, posada en unas tejas apenas unos centímetros por debajo del misterioso hombre.
- “¿Te parece romántico? A mi me parece triste. El pobre muchacho pasa todo el día al lado de su amor, protegiéndola. Pasa toda su vida en castidad, buscando ningún otro contacto más que el de ella. Y cuando, por fin, se arriesgan a pasar una noche consumando con sus cuerpos los deseos del corazón, debe huir como un ladrón, a pesar de que sus sentimientos les dan todo el derecho de permanecer juntos. Y gracias a esta visita furtiva, el chico no se decidirá a olvidarla, esperando cuando pueda visitarla de nuevo, sin saber que esta fue decidida como su ultima noche junto a ella.”
-“Y a pesar de ser prohibido, mantienen su amor, pues no puede ser de otra forma. Es triste, si, pero en la mayor de las tristezas se puede encontrar algo hermoso. El amor es de las cosas mas curiosas en la creación, Sastre.”
-“Y de las mas mortales…”
Ella fijó sus ojos en su rostro, cubierto casi por completo por el cuello de la capa. Incluso para ella, el Sastre parecía desaparecerse con su entorno, volviéndose parte del cielo estrellado que enmarcaba su perfil.
-“Así que lo que escuche es cierto… este es el hombre por el cual hay tanta conmoción entre las ordenes.”
Sastre la miro sin mover su rostro. Era una mirada difícil de sostener, que parecía poner en una balanza cada onza de su ser y juzgar tu valor con infinita precisión.
-“Así parece.” Fue su respuesta.
-“Entonces…” siguió ella, buscando en vano la figura del joven mortal. Ya se encontraba en las barracas, lejos de su escrutinio. “Entonces, si tu estás tras de él… ¿es que ya se decidió por fin su destino?”
-“Su destino ha estado decidido por años. Morirá por creer ciegamente en lo justo de su amor.”
-“Pero, entonces, ¿por qué la orden dorada parece tan interesada en él? Si su destino es morir de manera tan cruel, ¿Qué puede hacer? ¿Qué hace un mortal contra su destino?”
Sastre fijo toda su atención en su interlocutora. El gesto de acomodar su punto de vista, y centrarse solo en ella, parecía cargado de poder. A pesar de ser su igual, la chica no pudo evitar sentirse humilde ante su presencia.
-“Lo mismo que todos aquellos lo suficientemente fuertes para afrontar su destino. Luchar.”
Una ráfaga de viento helado los cubrió. La capa de Sastre hondeó, confundiéndolo aún más con el cielo. Al cabo de un segundo, la chica se dio cuenta de que aquello donde fijaba su atención, era, de hecho, únicamente el cielo estrellado, y nada más.
1 comentario:
Resérvame tu romance, que se deshace.
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